y el deseo tenía tu nombre...
nunca lo había pensado así...
podría desgarrar el tiempo
cada hora
minuto
segundo
sufrirlo
sufrirlo por saberlo fugaz
efímero
perecedero
saberte ficción, saberte literario
porque el deseo tenía tu nombre
y vivir, a veces,
es decir, sufrir a veces,
es lo mismo que decir VOS
Frankieología pura. Poética de la experiencia. Fragmentos de una vida hechos poesía (o simulacros de poesía). Textos híbridos de un flâneur tercermundista.
miércoles, 9 de mayo de 2012
sábado, 5 de mayo de 2012
Las imágenes de María Elena
Si tengo que pensar en una escena
de lectura o de escritura a lo largo de mi biografía, en verdad es algo que se
me dificulta demasiado porque no guardo en mi memoria –al menos de manera muy
especial– UNA escena, individual, autónoma. Sí, en cambio, recuerdo una
sucesión de escenas, que involucran a una docente de nivel secundario.
María Elena, mi profesora de
lengua y literatura en cuarto año del secundario, dejó una huella profunda en
mi biografía como lector, fundamentalmente. Me acuerdo que cuando llegó, a
nuestra primera clase, tuve la impresión –muy grata, por cierto– de que su
trato con nosotros era sensiblemente diferente al que habían tenido otros
docentes hasta entonces. En primer lugar, nos trató como lo que éramos: jóvenes
pensantes, no idiotas apáticos, así que nos hablaba con un lenguaje adecuado
para nuestra edad y nuestro estadio cognitivo; no nos trataba como niños y eso
se manifestaba en las palabras que seleccionaba –siempre muy técnicas y poco
usuales para nosotros, sin apelar a los diminutivos ni a los vocativos artificiosos–.
Eso se manifestaba también en los contenidos que empezó a desarrollar en esa
clase: nos habló de Saussure, de Barthes, de Eco…, autores que, pese a que nos
encontrábamos en el período terminal de nuestros estudios de nivel medio, no
habíamos trabajado en ningún momento. Sus clases fueron todo un desafío para
nuestro pensamiento y nuestra capacidad de comprensión (al menos esa fue mi
impresión, desde el principio).
En segundo lugar, había algo en
su tono de voz, en la cadencia de sus palabras que ganaba mi atención. Creo que
se manifestaba allí también el placer por lo que estaba haciendo. Había,
también, algo en su modo de situarse en el aula, algo que si bien escapa a la
descripción exacta, se intuye, se advierte cuando uno conoce a alguien a quien
le gusta lo que hace. En cierto sentido, ella “ponía el cuerpo” en la clase:
casi nunca se sentaba y todo el tiempo guiaba sus explicaciones utilizando el
pizarrón. En secundaria, hasta ese momento, mi experiencia –nuestra experiencia como la quinta
división de cuarto año– había sido la de profesores sentados permanentemente,
que sólo iban a conversar sobre cuestiones no atinentes a su materia, que no
daban clase, que no usaban el pizarrón, que nos hacían perder tiempo, que nos
trataban como niños desmañados.
María Elena nos proponía, muy por
el contrario, verdaderos desafíos para procesar información y obras literarias.
De hecho, algunos de los textos literarios que me marcaron en ese entonces,
porque me atravesaron internamente, porque tocaron hilos muy especiales de mi
interioridad y me hicieron repensarme y repensar el mundo que me rodeaba,
fueron propuestos por ella: Siddhartha
y El lobo estepario de Hesse, El extranjero de Camus, Bartleby, el escribiente de Melville,
están en la lista. No fueron esas obras insípidas, lacrimógenas e ingenuas que
otros profesores nos habían hecho leer, preconceptuando nuestras capacidades e
intereses. Además, ella solía recomendar lecturas para profundizar en algunos
temas cuando veía que al alumno le interesaba alguna cuestión particular.
Siempre tenía un título a mano.
Por esos motivos, la imagen de
María Elena y sus clases siempre vuelven a mí para recordarme qué tipo de
profesor no quiero ser con los estudiantes que confían en que la escuela puede
darles algo diferente de lo que ya conocen y viven siempre.
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domingo, 1 de abril de 2012
martes, 7 de febrero de 2012
Irme
Me gusta irme
No permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar
Me gusta no estar
Partir después de un tiempo
Quizás por temor
A
lo estático
lo inmóvil
lo fijo
Me gusta el movimiento
Me gusta no estar siempre en el mismo lugar
Me gusta irme
sábado, 4 de febrero de 2012
Porque quiero que el amor y la alegría sean para todxs...
En diversas oportunidades, algunxs por ahí me tildaron de “propagandista homosexual”. Ellxs siempre se paran en la vereda del acusador y suponen estar legitimados por alguna fuente o razón divina para juzgar negativamente al otro y condenarlo al ostracismo, al destierro –explícito o implícito– de la vida social. Claro, con siglos y kilómetros de discursos represores y normalizadores detrás, cualquiera puede pararse cómodamente en esa vereda. Es decir, “cualquiera” que sólo se mira el ombligo y borra, sin interrogarse nada, las existencias de otrxs diversxs. Pero, ¿cómo no ser, orgullosamente, un “propagandista homosexual”, en el sentido en el que lo manifiestan esas personas, si todavía hay millones de personas GLTTBI que viven el cotidiano desgarro que involucra la marginación familiar y social? Un desgarro que no sólo se da a nivel de la interoridad de las personas, sino, en muchos lugares, a nivel físico. La eliminación es simbólica y corporal. Ante eso, uno no puede quedarse callado e inactivo. Y mucho menos aún cuando la marginación atraviesa la propia experiencia personal.
Aunque lo que digo pueda sonar trillado para muchxs, la verdad es que hay un largo camino por recorrer todavía. De hecho, como ejemplo, durante las fiestas de fin de año y durante este verano, momentos de reencuentro familiar, en general, volví a sentir las mismas sensaciones incómodas que me acompañan desde que puedo pensar por mi cuenta y eso me hizo pensar más aún. Observar las escenas familiares que se dan para compartir momentos y experiencias entre las parejas –heterosexuales–; observar como lxs adolescentes –heterosexuales– de la familia presentan sus parejas y pueden compartir almuerzos de domingo u otros instantes análogos sin problema; observar cómo en los encuentros de fin de año convocados por las empresas en las que trabajan mis familiares, ellxs pueden asistir con sus parejas –heterosexuales– sin ningún problema, sin eufemismos, sin trámites, sin vueltas, sin explicaciones… La lista de experiencias de este mundo heterocéntrico podría seguir indefinidamente, y el desgarro interno, emocional, psíquico, se extendería de igual modo.
A pesar de la legislación de avanzada con la que ya contamos en nuestro país y en varios países del mundo, las personas GLTTBI tenemos negadas, socialmente, muchas experiencias que nos gustaría vivir y disfrutar. Por supuesto, con seguridad no todxs desean vivirlas, y a algunxs podrán parecerles triviales –y eso es entendible, porque la diversidad es amplia, abarca múltiples dimensiones–, pero somos muchxs lxs que las ansiamos y las consideramos derechos que todavía se nos niegan –claro, no legislativamente, en la mayoría de los casos, pero sí a nivel de las prácticas concretas, cotidianas –. Para muchxs, la vida sigue consistiendo en dar explicaciones por todos y para todxs, para muchxs la vida sigue siendo un gran eufemismo, un desgarro incesante. Y por eso estoy convencido de que lo que siento, pienso y hago como “propagandista homosexual” no está mal. Porque quiero que el amor y la alegría sean para todxs.
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