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sábado, 3 de agosto de 2013

Prisma

A veces no me parezco a
nada de lo que pienso o siento, de
lo que creía que podría ser ahora cuando
todavía podía creer, mucho más que
                                                   en este momento...

Siento, a veces, de a ratos, que hay heridas que
vinieron conmigo, que son mi doble interno, y que
la vida, los años, 
                         fueron 
solo un prisma que propagaron lo que ya estaba, el
haz de encantos y desencantos, de luces pero también de
                                                                            sombras...

Sé que hoy estás Vos, ¡pero nos parecemos tanto!,
como mi alma y este cielo de aluminio que veo por la ventana.





lunes, 31 de diciembre de 2012

Hay momentos...


Hay cielos y sonidos que algunos días me susurran al oído
y me hacen volver a un ayer con olor a origen, a raíz…
Pretéritos presentes en este (dolce?) far niente…

Ahora, en esta habitación que se dilata sin cesar,
asediado por este calor que quema y crece
con el transcurso de
                            las horas
                                          los minutos
                                                          los segundos…
quiero que nuestros sudores se mezclen de nuevo
en un juego desquiciado de semen y saliva y besos,
en un frotarse intenso de cuerpos
que se hinchan,
que inhalan y que exhalan,
que exploran y que prueban,
incautos, los placeres de la carne inflamada.

Que tu yo más genuino, más vital,
me penetre hasta la médula,
que me atraviese los huesos
y la sangre como en todos
los meses de este año
que ya casi acaba…

Quiero que nuestros cuerpos
desgarrados y deseosos
se fundan en un crisol de
momentos eternos
para el año que llega.









martes, 25 de septiembre de 2012

Actually, nowhere is my very best place...
Algunas veces, el momento no es suficiente,
ni las calles ni los árboles ni los muros de las casas...

Necesito más palabras que me hagan vivir...

sábado, 23 de junio de 2012

Preguntas


Y habiendo vivido ya un cuarto de siglo, llega, inevitable, la pregunta: ¿cuántos próximos habrá?, ¿cuántos tiempos, lugares, momentos, aromas, recuerdos nuevos habrá? 
¿Cómo sería acumular todas las experiencias de un año completo en un solo día, sol y luna, frío y calor, agua y sed y amor y desamor?
¿Será cierto que todo lo sólido se desvanece en el aire? ¿Qué nada se pierde, que todo se transforma?
¿Por qué antes me gustaban los nombres de origen hebreo y ahora no?
¿Vas a dejar que conozca en serio tu alma profunda y caótica?
¿Por qué tantas preguntas y tan pocas respuestas?
¿Por qué antes vos no estabas y ahora estás?
¿Cuánto tiempo va a durar esto?
¿Cuántos próximos habrá?



miércoles, 20 de junio de 2012

20 de junio


“A dream you dream alone is only a dream. A dream you dream together is reality.” J. L.

    20 de junio. 171 días desde que comenzó este año, 194 para que termine (aunque no sé si quiero que termine…). 60 días desde que tus labios se encontraron por primera vez con los míos. Estabas incómodo ese día; yo no estaba mejor que vos (me pasaban muchas cosas por la mente, aunque no lo dijera; era uno de esos momentos en los que se supone tenés que impresionar, aunque no fuese más que por una boludez…). Después de bastantes semanas de contacto estrictamente virtual, había que enfrentar la realidad. Y no era fácil… pero ya van dos meses de “soportarnos”, de alguna manera, van dos meses de enfrentarnos a esta realidad. Y aunque te siga incomodando, sabés que estoy enamorado de vos. Y ESO no va a cambiar (al menos por un largo tiempo..).

    Hoy no estamos en la misma ciudad, pero ¡cómo me gustaría que nuestros cuerpos festejaran juntos este día! Supongo que habrá que esperar una semana más para que volvamos a vernos… Otra vez: tiempo y espacio, siempre presentes en este mundo físico. Pero hay otros tiempos y espacios también. Leo en algún lugar: «Lo que constituye a la imagen-cristal es la operación más fundamental del tiempo (…) Es preciso que el tiempo se escinda al mismo tiempo que se afirma o desenvuelve: se escinde en dos chorros asimétricos, uno que hace pasar todo el presente y otro que conserva todo el pasado. El tiempo consiste en esta escisión, y es ella, es él lo que se “ve en el cristal” (…) Se ve en el cristal la perpetua fundación del tiempo, el tiempo no cronológico, Cronos y no Chronos» (Deleuze). Creo que de eso se trata un poco, ¿no? Vivir los presentes que nos tocan estar juntos, de la mejor manera. Y, mientras, conservar el pasado para no equivocarse y, consecuentemente, para no dejar de caminar juntos.

    Te quiero, Frankie. Mucho. 


jueves, 14 de junio de 2012


“…no cabe esperar que aquello que permanece sea lo mismo, pues el solo hecho de su repetición ya lo hace diferente; es decir: en la repetición, lo mismo vuelve como diferente.” C. B.

El contador es exacto
(o al menos eso parece:
en un mundo inexacto,
¿puede haber contadores exactos?,
¿acaso eso importa realmente?).
En este instante
van cincuenta y tres días,
trece horas, cinco minutos
y cincuenta segundos
desde esa tarde-noche
de aquel viernes húmedo  
y resistenciano en que
el tiempo decidió
no esperar más
(un viernes más
pero diferente…).
Estabas ahí sentado
(lo recuerdo bien…),
escuchando música,
abstraído del mundo,
fuera de este mundo...
(de algún modo, siempre supe
que vos no eras de este mundo,
estabas/estás más allá…).
Por eso no supiste que
antes de desconectarte
y bajarte a esta realidad
por un momento
yo había estado observándote;
un haz de luz solar
hacía de la escena algo irreal,
la fragmentaba en cientos
de porciones diferentes,
caleidoscópicas,
y eso te hacía más inasible…
Después de un saludo indeciso
nos cruzamos a ese bar,
el tiempo corría sin cesar
mientras las botellas se vaciaban.
Tu mirada, tu sonrisa, tus “no no”
me obsesionan desde entonces…
Me obsesiona cada encuentro,
cada nueva ocasión…
Noche-garage, Camba Cuá,
2 de Febrero, Battle Ship,
Mitre y el hombre elefante...
Hay algo iterativo en todo esto
pero cada vez es diferente…
CADA VEZ ES DELICIOSAMENTE DIFERENTE…


lunes, 4 de junio de 2012

¿Te puedo decir "Amor"?


Me gusta la ansiedad de la espera, de saberte lejano y cercano cuando vamos a encontrarnos
Me gustan las travesuras a las que me estás acostumbrando, como un niño terrible
Me gusta estar en la cornisa de las normas, pararnos ahí los dos y juntos mirar el mundo,
                                                                                                                                                  como indiferentes
Me gusta saber que tu olor, tu calor, tu pelo, tu sonrisa y tus labios son un poco míos algunas veces
Me gusta cada segundo que tu mirada se posa sobre la mía y me inquieta-tranquiliza
Me gusta cuando el silencio se posa sobre nosotros y no hay más que tocarnos sin escrúpulos
Me gusta cuando tu mano se entrelaza con la mía y me deja sentirte muy adentro
¡Me gustás tanto cuando te beso y te abrazo! (momento deseado...) 
Y, después de todo eso, me gusta escuchar el silencio y tu respiración, ya no mío sino de Morfeo
Me gusta disfrutar de los momentos con el Frankie que estoy conociendo y recorriendo
Aunque también me gusta cuando Frankie deja de ser un poco Frankie y es sólo Amor
Me gustás demasiado, Amor…
¿Te puedo decir “Amor”?



sábado, 5 de mayo de 2012

Las imágenes de María Elena


Si tengo que pensar en una escena de lectura o de escritura a lo largo de mi biografía, en verdad es algo que se me dificulta demasiado porque no guardo en mi memoria –al menos de manera muy especial– UNA escena, individual, autónoma. Sí, en cambio, recuerdo una sucesión de escenas, que involucran a una docente de nivel secundario.
María Elena, mi profesora de lengua y literatura en cuarto año del secundario, dejó una huella profunda en mi biografía como lector, fundamentalmente. Me acuerdo que cuando llegó, a nuestra primera clase, tuve la impresión –muy grata, por cierto– de que su trato con nosotros era sensiblemente diferente al que habían tenido otros docentes hasta entonces. En primer lugar, nos trató como lo que éramos: jóvenes pensantes, no idiotas apáticos, así que nos hablaba con un lenguaje adecuado para nuestra edad y nuestro estadio cognitivo; no nos trataba como niños y eso se manifestaba en las palabras que seleccionaba –siempre muy técnicas y poco usuales para nosotros, sin apelar a los diminutivos ni a los vocativos artificiosos–. Eso se manifestaba también en los contenidos que empezó a desarrollar en esa clase: nos habló de Saussure, de Barthes, de Eco…, autores que, pese a que nos encontrábamos en el período terminal de nuestros estudios de nivel medio, no habíamos trabajado en ningún momento. Sus clases fueron todo un desafío para nuestro pensamiento y nuestra capacidad de comprensión (al menos esa fue mi impresión, desde el principio).
En segundo lugar, había algo en su tono de voz, en la cadencia de sus palabras que ganaba mi atención. Creo que se manifestaba allí también el placer por lo que estaba haciendo. Había, también, algo en su modo de situarse en el aula, algo que si bien escapa a la descripción exacta, se intuye, se advierte cuando uno conoce a alguien a quien le gusta lo que hace. En cierto sentido, ella “ponía el cuerpo” en la clase: casi nunca se sentaba y todo el tiempo guiaba sus explicaciones utilizando el pizarrón. En secundaria, hasta ese momento, mi experiencia –nuestra experiencia como la quinta división de cuarto año– había sido la de profesores sentados permanentemente, que sólo iban a conversar sobre cuestiones no atinentes a su materia, que no daban clase, que no usaban el pizarrón, que nos hacían perder tiempo, que nos trataban como niños desmañados.
María Elena nos proponía, muy por el contrario, verdaderos desafíos para procesar información y obras literarias. De hecho, algunos de los textos literarios que me marcaron en ese entonces, porque me atravesaron internamente, porque tocaron hilos muy especiales de mi interioridad y me hicieron repensarme y repensar el mundo que me rodeaba, fueron propuestos por ella: Siddhartha y El lobo estepario de Hesse, El extranjero de Camus, Bartleby, el escribiente de Melville, están en la lista. No fueron esas obras insípidas, lacrimógenas e ingenuas que otros profesores nos habían hecho leer, preconceptuando nuestras capacidades e intereses. Además, ella solía recomendar lecturas para profundizar en algunos temas cuando veía que al alumno le interesaba alguna cuestión particular. Siempre tenía un título a mano.
Por esos motivos, la imagen de María Elena y sus clases siempre vuelven a mí para recordarme qué tipo de profesor no quiero ser con los estudiantes que confían en que la escuela puede darles algo diferente de lo que ya conocen y viven siempre.