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martes, 18 de diciembre de 2012

El lugar al que quiero ir


i go / where i please


Solamente quiero hacerlo con vos...
que me desgarres el alma y el cuerpo,
que acabemos juntos en cualquier espacio-tiempo,
y que nos miremos a los ojos infinitos, iluminados por
el placer de sentirte dentro (o de sentirme dentro...).

Ir a cualquier lado con vos, darte mi mano y mis fuerzas y mis 
                                                                           /oquedades,
confiar pese a haber perdido la confianza, amar pese a haber perdido el
                                                                                                   /amor,
saber que el silencio que a veces nos une es tan esencial como las palabras
que ocupan el volumen completo de algunos días enrarecidos, enardecidos... 

Creer que ese "entonces no te quería tanto" es una pista, una huella, que 
                                                                                                           /puedo 
seguir sin perderme, sin dejar de creer que la mierda, algunas veces, deja de ser... 

Solamente quiero hacerlo con vos...
y, para eso, no quiero líneas indefinidas
de teamos y tequieros: me basta con el insomnio,
el dibujo de una sonrisa y la confianza que se afirma... 

Solamente quiero hacerlo con vos,
the place where I please... 



domingo, 28 de octubre de 2012

Tan virtual

"Tampoco soy tan virtual"
respondiste, una vez, en uno de 
esos tantos diálogos on-line 
cercanos al absurdo... 
¿Alguna vez lo fuiste?
Ciertamente, no...
desde esos primeros chats 
                          de febrero, 
desde esas primeras veces 
que quisiste dar enter 
a un hola o a un todo bien,
desde entonces no sos (tan) virtual... 
Y lo demostrás cada vez más.
como este último fin de semana... 
Tu piel, tu olor, tus ojos, tus labios,
tu aliento y los latidos salvajes
                             de tu corazón
no fueron ni son virtuales...
VOS, ciertamente, no sos "tan virtual"... 

Y por eso yo quiero
darte un beso profundo
en esa, tu materialidad esencial,
quiero darte un beso cuya huella
quede siempre como prueba de mi paso.
Amor, quiero besarte el alma, que es más real
                     que todo lo que viví hasta ahora...

sábado, 5 de mayo de 2012

Las imágenes de María Elena


Si tengo que pensar en una escena de lectura o de escritura a lo largo de mi biografía, en verdad es algo que se me dificulta demasiado porque no guardo en mi memoria –al menos de manera muy especial– UNA escena, individual, autónoma. Sí, en cambio, recuerdo una sucesión de escenas, que involucran a una docente de nivel secundario.
María Elena, mi profesora de lengua y literatura en cuarto año del secundario, dejó una huella profunda en mi biografía como lector, fundamentalmente. Me acuerdo que cuando llegó, a nuestra primera clase, tuve la impresión –muy grata, por cierto– de que su trato con nosotros era sensiblemente diferente al que habían tenido otros docentes hasta entonces. En primer lugar, nos trató como lo que éramos: jóvenes pensantes, no idiotas apáticos, así que nos hablaba con un lenguaje adecuado para nuestra edad y nuestro estadio cognitivo; no nos trataba como niños y eso se manifestaba en las palabras que seleccionaba –siempre muy técnicas y poco usuales para nosotros, sin apelar a los diminutivos ni a los vocativos artificiosos–. Eso se manifestaba también en los contenidos que empezó a desarrollar en esa clase: nos habló de Saussure, de Barthes, de Eco…, autores que, pese a que nos encontrábamos en el período terminal de nuestros estudios de nivel medio, no habíamos trabajado en ningún momento. Sus clases fueron todo un desafío para nuestro pensamiento y nuestra capacidad de comprensión (al menos esa fue mi impresión, desde el principio).
En segundo lugar, había algo en su tono de voz, en la cadencia de sus palabras que ganaba mi atención. Creo que se manifestaba allí también el placer por lo que estaba haciendo. Había, también, algo en su modo de situarse en el aula, algo que si bien escapa a la descripción exacta, se intuye, se advierte cuando uno conoce a alguien a quien le gusta lo que hace. En cierto sentido, ella “ponía el cuerpo” en la clase: casi nunca se sentaba y todo el tiempo guiaba sus explicaciones utilizando el pizarrón. En secundaria, hasta ese momento, mi experiencia –nuestra experiencia como la quinta división de cuarto año– había sido la de profesores sentados permanentemente, que sólo iban a conversar sobre cuestiones no atinentes a su materia, que no daban clase, que no usaban el pizarrón, que nos hacían perder tiempo, que nos trataban como niños desmañados.
María Elena nos proponía, muy por el contrario, verdaderos desafíos para procesar información y obras literarias. De hecho, algunos de los textos literarios que me marcaron en ese entonces, porque me atravesaron internamente, porque tocaron hilos muy especiales de mi interioridad y me hicieron repensarme y repensar el mundo que me rodeaba, fueron propuestos por ella: Siddhartha y El lobo estepario de Hesse, El extranjero de Camus, Bartleby, el escribiente de Melville, están en la lista. No fueron esas obras insípidas, lacrimógenas e ingenuas que otros profesores nos habían hecho leer, preconceptuando nuestras capacidades e intereses. Además, ella solía recomendar lecturas para profundizar en algunos temas cuando veía que al alumno le interesaba alguna cuestión particular. Siempre tenía un título a mano.
Por esos motivos, la imagen de María Elena y sus clases siempre vuelven a mí para recordarme qué tipo de profesor no quiero ser con los estudiantes que confían en que la escuela puede darles algo diferente de lo que ya conocen y viven siempre.