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domingo, 26 de abril de 2015

No extraño mi niñez

"Todo aquel que ha querido a aquel chico que yo fui, y que aún no perdono, me llena de gratitud."
Leopoldo Brizuela. 


"Uno nunca deja de ser un niño"
repiten mecánicamente, como si
la niñez fuese un bloque de experiencias
uniforme, un mar de alegrías, sonrisas y
abrazos de una madre cálida y estereotipada.

De mi niñez yo recuerdo el temor a hablar
a preguntar a opinar libremente, por miedo
a que me escupieran un "¡puto!" sonoro y 
cargado de culpa y de vergüenza, como
                                       siempre fue... 

domingo, 5 de enero de 2014

Ouroboros

Un apagarse incesante...
Experiencias ilusiones desilusiones
heridas pesares in 
                             illo
                                   tempore
quién soy?
qué soy?
valgo?
importo?
provoco?
me ven?
voy?
hacia dónde?
cómo?
para qué?
Preguntas que invaden de nuevo
y enceguecen la mente y el corazón…
del gozo a la desazón
                                 in illo tempore…


Quiero salirme de mí
golpearme más
y gritar.

Duelen el silencio, el vacío…
No quiero que no me digan.
Siempre ser el último.


domingo, 21 de julio de 2013

¿Cómo fue que llegaste a
posarte en los andariveles
desordenados de mi conciencia?
¿Cómo fue que encontraste un
espacio seguro para mostrarte
en mis sueños de siempre?
¿Cómo fue que hiciste que
no dudara en darte todo
hasta desorbitarme y perderme?

domingo, 30 de septiembre de 2012

Y no...


Definitivamente,
dormir no es lo mejor que
                                    hacés…
También podés sorprender
con gestos poco comunes…
como esta ficción del viaje
                                     a Itatí,
que creaste solo vos
 (¡y después decís que
no sabés escribir…!
Pero no te mientas:
creás mundos posibles
demasiado bien,
y ahora yo lo sé mejor…)

“Estoy caminando…”
“¿No me vas a abrir?”
“Abrime el portón…”
“¿Por qué dejás
la ventana abierta?”
Todas palabras que,
al principio,
no significaban mucho
pero que, de pronto,
se cargaron de sentido…

Le diste un poco de sentido
a este páramo sensorial,
a este desierto de experiencias
porque, definitivamente,
dormir no es lo mejor que sabés hacer…

Y ahora tenés que volver,
Y ahora la ficción se acaba,
ya no puede seguir…
Otra vez el sabor amargo
del me-tengo-que-ir…

Amor, yo vuelvo a extrañarte
                                      otra vez…
Pero sé que a vos te quedan
muchos mundos posibles
                                por escribir…
Yo sé que nos quedan
muchos mundos posibles
                                por conocer…

lunes, 20 de agosto de 2012

Cuatro meses

"Algunos sienten la lluvia. Otros sólo se mojan". B. M. 


¿Te das cuenta de que el invierno no va a volver?, digo,
mientras miro cómo la lluvia hiere la atmósfera
de esta mañana de lunes de agosto, acá, en Resistencia…
Y el calor del asfalto asciende y envuelve los cuerpos…
Y tu mirada se pierde en algún punto de este horizonte gris…
Y tu rostro sólo ensaya una sonrisa como respuesta…

Mucho antes de este parco intercambio de palabras y gestos,
los dos presentimos que hay mucho que no va a volver…
Ahora, una sensación difícil de aceptar nos arrebata
(y nos conmueve…), el se-acabó-lo-que-se-daba…

Pero ya pasó mucho tiempo, amor,
y si todas las cosas que pasaron
ya no van a volver como tales,
como reflejos perfectos de la experiencia,
como copias exactas de todo lo vivido,
van a volver, sí, como un estremecimiento,
                                                               un ímpetu
que vigorice lo nuevo y nos deje seguir creciendo…

Incluso los veranos más gozosos son lacerados por el otoño
y exterminados por el invierno…
Sólo este duelo suntuoso
garantiza que
el mundo
pueda
darnos
            otra primavera…


martes, 17 de julio de 2012

Fragmentos


y qué sorpresa (y no tanto…)
descubrir que nuestras vidas
no son más
que una sucesión infinita de fragmentos
múltiples y elocuentes fragmentos
por doquier Eros y Tánatos
Tánatos y Eros
risas, aromas, caricias
palabras conexas e inconexas
que acarician o que duelen
líneas perdidas de alguna canción
de alguna poesía edulcorada y edulcorante  
burda imitación de una escena triste de película o narración…

y así el límite ya impreciso entre realidad y ficción
entre cuerpo y fantasma del cuerpo
entre experiencia y deseo de la experiencia
se diluye, vertiginosamente, como una tarde de invierno… 


jueves, 12 de julio de 2012

No man’s land


El absurdo crónico y delirante
de despertarse incesantemente
siempre,      día       tras      día,
en la misma tierra baldía
de sensaciones y experiencias
preso de la implacable conciencia
que amenaza, lacera y quema
con la certeza brutal
de que vos no estás acá,
de no tenerte
cerca…

Despertarse, acá,
es estar yéndose
siempre,
                  l  e  j  o  s
                                     de este baldío existencial…


lunes, 9 de julio de 2012

La dulce impaciencia


Es la impaciencia de quererte
         la que me mueve en estos días
la impaciencia de saber que
uno de estos días podrías no estar ya
y, por eso, la impaciencia loca de querer agotar todas las experiencias
todos los sentimientos en veinticuatro o cuarenta y ocho horas
que se diluyen, fatalmente, como un montón de polvo entre los dedos
la impaciencia que genera tu ternura infinita
cuando, en silencio, concentrás tu mirada
y tus pensamientos en algún punto desconocido para mí
y tu rostro está en absoluta calma, distendido,
y tus ojos brillan más que siempre
y tu sonrisa es más real, más sublime…
la impaciencia de observarte en el súmmum de la excitación y el placer
y sentir esa conexión tan íntima muy adentro, y emocionarse hasta la médula
la impaciencia desgarradora de querer cuidarte cuando te veo débil
la impaciencia de saberte incalculablemente bueno, incalculablemente auténtico
por un gesto, por un acto pequeño pero enorme, por el amor y el odio fusionados
pero, además, la impaciencia de saberte inteligente, pensante y racional
la impaciencia inagotable de sentir que no hay error en todo esto
porque me hacés inmensamente feliz, en cada momento que estamos juntos
la impaciencia de saber que, por momentos, no existe nada más que vos, Amor…
Es la dulce impaciencia de quererte, Amor… 


sábado, 23 de junio de 2012

Preguntas


Y habiendo vivido ya un cuarto de siglo, llega, inevitable, la pregunta: ¿cuántos próximos habrá?, ¿cuántos tiempos, lugares, momentos, aromas, recuerdos nuevos habrá? 
¿Cómo sería acumular todas las experiencias de un año completo en un solo día, sol y luna, frío y calor, agua y sed y amor y desamor?
¿Será cierto que todo lo sólido se desvanece en el aire? ¿Qué nada se pierde, que todo se transforma?
¿Por qué antes me gustaban los nombres de origen hebreo y ahora no?
¿Vas a dejar que conozca en serio tu alma profunda y caótica?
¿Por qué tantas preguntas y tan pocas respuestas?
¿Por qué antes vos no estabas y ahora estás?
¿Cuánto tiempo va a durar esto?
¿Cuántos próximos habrá?



sábado, 5 de mayo de 2012

Las imágenes de María Elena


Si tengo que pensar en una escena de lectura o de escritura a lo largo de mi biografía, en verdad es algo que se me dificulta demasiado porque no guardo en mi memoria –al menos de manera muy especial– UNA escena, individual, autónoma. Sí, en cambio, recuerdo una sucesión de escenas, que involucran a una docente de nivel secundario.
María Elena, mi profesora de lengua y literatura en cuarto año del secundario, dejó una huella profunda en mi biografía como lector, fundamentalmente. Me acuerdo que cuando llegó, a nuestra primera clase, tuve la impresión –muy grata, por cierto– de que su trato con nosotros era sensiblemente diferente al que habían tenido otros docentes hasta entonces. En primer lugar, nos trató como lo que éramos: jóvenes pensantes, no idiotas apáticos, así que nos hablaba con un lenguaje adecuado para nuestra edad y nuestro estadio cognitivo; no nos trataba como niños y eso se manifestaba en las palabras que seleccionaba –siempre muy técnicas y poco usuales para nosotros, sin apelar a los diminutivos ni a los vocativos artificiosos–. Eso se manifestaba también en los contenidos que empezó a desarrollar en esa clase: nos habló de Saussure, de Barthes, de Eco…, autores que, pese a que nos encontrábamos en el período terminal de nuestros estudios de nivel medio, no habíamos trabajado en ningún momento. Sus clases fueron todo un desafío para nuestro pensamiento y nuestra capacidad de comprensión (al menos esa fue mi impresión, desde el principio).
En segundo lugar, había algo en su tono de voz, en la cadencia de sus palabras que ganaba mi atención. Creo que se manifestaba allí también el placer por lo que estaba haciendo. Había, también, algo en su modo de situarse en el aula, algo que si bien escapa a la descripción exacta, se intuye, se advierte cuando uno conoce a alguien a quien le gusta lo que hace. En cierto sentido, ella “ponía el cuerpo” en la clase: casi nunca se sentaba y todo el tiempo guiaba sus explicaciones utilizando el pizarrón. En secundaria, hasta ese momento, mi experiencia –nuestra experiencia como la quinta división de cuarto año– había sido la de profesores sentados permanentemente, que sólo iban a conversar sobre cuestiones no atinentes a su materia, que no daban clase, que no usaban el pizarrón, que nos hacían perder tiempo, que nos trataban como niños desmañados.
María Elena nos proponía, muy por el contrario, verdaderos desafíos para procesar información y obras literarias. De hecho, algunos de los textos literarios que me marcaron en ese entonces, porque me atravesaron internamente, porque tocaron hilos muy especiales de mi interioridad y me hicieron repensarme y repensar el mundo que me rodeaba, fueron propuestos por ella: Siddhartha y El lobo estepario de Hesse, El extranjero de Camus, Bartleby, el escribiente de Melville, están en la lista. No fueron esas obras insípidas, lacrimógenas e ingenuas que otros profesores nos habían hecho leer, preconceptuando nuestras capacidades e intereses. Además, ella solía recomendar lecturas para profundizar en algunos temas cuando veía que al alumno le interesaba alguna cuestión particular. Siempre tenía un título a mano.
Por esos motivos, la imagen de María Elena y sus clases siempre vuelven a mí para recordarme qué tipo de profesor no quiero ser con los estudiantes que confían en que la escuela puede darles algo diferente de lo que ya conocen y viven siempre.